jueves 25 de junio de 2009
uno más uno no es cero, es tres
sábado 13 de junio de 2009
qué bonitas son las ratas (2)
Continuación de qué bonitas son las ratas: volvió ella y pocas palabras más tarde se desnudó, él fue a abrazarla desde atrás mientras ella se cambiaba de pendientes (¡?) frente al espejo del armario, entonces ella le dijo no me toques las tetas, no sabes cuánto me han costado. ¿quieres algo de comer? Preguntó él dirigiéndose a la esquina que se consideraba cocina, No, ve desnudándote que tengo dos clientes más hoy, dijo ella.
Ella lo vio venir por el espejo, vio su sonrisa acercándose a ella, sus ojos de hielo. Por un momento, hasta le pareció guapo, una guapura más allá del maquillaje que ella usaba, más allá de sus labios rellenos, más allá del dinero, más allá de la gomina,… más allá o más acá, da igual, en otro plano; estaba él acercándose con un cuchillo escondido a su espalda, él con su cara de calle, sus deseos de amor, por un momento vio la pureza ella, justo cuando se le caía uno de los pendientes y entonces él la tomaba por atrás definitivamente esta vez no para tocarle las tetas sino que le tapa la boca, y ella se ve ahí en el espejo, ve su boca tapada por una mano que no reconoce, una mano que le recuerda al sudor y a un saco de boxeo balanceante, y entonces la otra mano aparece por el otro costado y le apuñala el cuellito de muñequita.
La tira a la cama y la castiga dándole unos azotes en el culo, disfruta viendo sus rígidas tetas redondas agitarse con cada azote, le mete los dedos en la boca, muerde sus pezones, le mete los dedos por un agujero y por el otro, y finalmente los mete en el agujero del cuello que abrió el cuchillo de cocina. Entonces no puede aguantar más y se baja los pantalones con la intención de penetrarla por la herida y correrse ahí dentro, pero suena el telefonillo.
Y él se queda quieto como las cucarachas esas ante la luz repentina.
El telefonillo suena otra vez. Y otra. Y luego el teléfono móvil, "Mamá" pone en la pantalla.
- ¿Mamá?
- Niño, ¿qué pasa que no abres? Estoy tocando al telefonillo.
- ¡ah! Es que está roto, no suena. ¿qué haces aquí mamá?
- Bueno pues ábreme, que subo.
- Ah, es que…, es que no estoy aquí, digo no estoy en casa, mamá. ¿cuándo has venido?
- ¿cómo que no? Si se ve luz desde aquí.
- Me la abré dejado encendida, mamá.
- Pero si he visto tu silueta niño, tienes las cortinas cerradas pero he visto tu sombra, estoy seguro que era tu sombra.
- Ah no, ese será un amigo mío que tiene llaves y le dejo entrar con su chica cuando no estoy. Se parece mucho a mí, tiene mi misma figura. Mucha gente piensa que somos hermanos.
- Niño, vaya ratas que hay por tu calle, son más bonicas!
- ¿Qué dices ma? Las ratas no son bonitas, cóm pues cir eso?
- Sí son bonicas, son como palomas pero sin alas, pobrecicas. Mira, ahí va otra…, más majicas ellas. Pero en fin, que dónde estás? Que he venido a la ciudad a verte!
- No estoy lejos, vete al bar ese de la esquina y estoy contigo en media hora.
miércoles 10 de junio de 2009
qué bonitas son las ratas, son como palomas pero sin alas..., pobrecitas.
miércoles 29 de abril de 2009
peras
Las peras son riquísimas. Las peras son el fruto. Las peras las pelas, risas. No es manzana, espera…, ¡es pera! Amor mío, amor mío, un peral. De China, de Argentina, de España,… Son peras, por siempre, cada día, desayuno, postre y cena. Recetas recomendadas. Son mucho más. Amigos, las peras son riquísimas. Mis manos están ahora pegajosas, ¿sabéis por qué? ¿sabéis por qué? Tú, pelaperas, ven connós. Las maduras o las más duras. Las pelas mientras lloran su fluido sexual, te bañan, te empapan, papá, papito, mamita, ay qué rica la perita. Báñanos, oleico, glutamínico, linoleico, ¡ascórbico! Beta caroteno. Magnesio, calcio y fósforo. Comamos, queridos comensales.
Después de los aplausos repartieron pequeños tazones que contenían trozos de pera bajo un chorro de miel. Aprovechando el renacido caos y la euforia general, se levantó de su asiento y huyó hacia los aseos. La atmósfera intelectualoide del evento le había dejado al borde de la asfixia. No tenía ganas de cagar, pero igual se encerró en uno de los cagaderos; de lo contrario tendría que entablar alguna conversación con quien llegara a mear o a peinarse o a empolvarse la nariz, y no le apetecía nada entablar una conversación, menos aún frente a los espejos que insistirían en gritar “esto es lo que está pasando, de esto eres parte”, menos aún entre el eco de los azulejos blancos que insinuaría “esta mierda estáis hablando, esto queda grabado y tus palabras te dibujan”. Bajó la tapa de la taza y se sentó.
Al poco oyó mujeres que iban entrando en el otro aseo, y otras que se agolpaban en la puerta con sus voces ininteligibles y risotadas que rebotaban por todos los rincones y se extendían como gripe porcina. Y al poco se oyó a alguien entrar en el aseo de hombres. Oyó sus pasos lentos y vacilantes hasta detenerse en cierto punto, le pareció que justo al otro lado de la puerta, y un toc toc corroboró esta sospecha.
—¡Ocupado!— dijo.
Había como 7 cagaderos. ¿Por qué coño iba al de la puerta cerrada? Puto maricón, pensó. Los pasos fueron al cagadero contiguo. Oyó que se bajaba los pantalones, ese tinklin de la correa. Él tiró de la cisterna y salió de la, ahora claustrofóbica, cabina cagadera. Sin embargo no podía salir del aseo, no tenía el valor o el estómago para salir y encarar una fila de mujeres que esperaban entre risas entrar en el otro aseo. Y aunque pudiera aparecer junto a ellas y pasarlas sin ningún problema, luego llegaría a la sala de actos donde estarían todos y donde tendría que comer peras y hablar con ella, y ella le acariciaría con sus manos pegajosas y le besaría con su aliento a peras y su risa de retrete. Por suerte, con un poco de maña y esfuerzo se podía salir por la ventana directamente a la calle. Eso calculó y así procedió.
jueves 2 de abril de 2009
dormir changados
ella me enseñó que changar es abrazar con las piernas, y muchas tardes nos dormimos changados frente a alguna película angloamericana en casa de su mamá postiza. yo la enseñé que un hombre podía darle más placer oral que su difunta novia, “sólo se necesita un poquito de música en la sangre”; muchas veces argumentaría que era lógico que una mujer pudiera hacerlo mejor, pero finalmente lo reconoció en su diario. la enseñé a desconfiar de las personas que más te quieren. ella por supuesto no sabía que yo leía su diario, hasta que lo supo, tampoco supo que le compré aquella falda con el dinero que robé a su mamá postiza, esto no lo supo nunca. Tampoco supo nunca o nunca quiso saber que la falda era más bien un regalo erótico para mí porque sus piernas descubiertas me hacían muy feliz, quizá por eso un día su subconsciente dijo que ningún acto altruista existe sino como carcasa de una naturaleza egoísta y entonces debatimos, discutimos, recordamos, nos enfadamos, hablamos, lloramos, nos reconciliamos, hicimos el amor y dormimos changados. la vida era más ficticia que las películas americanas, a menudo los personajes de la tele se sinceraban unos con otros y mostrarían sentimientos puros y pequeños acordes con el aire naif de toda su casi matemática existencia, y para nosotros la sinceridad era algo que pasaba sólo en la tele, como los coches que explotan y los pasajeros que sobreviven. nuestras historias se construían sobre la marcha como alguien que baila abriéndose paso por la muchedumbre y dibuja una trayectoria incierta buscando dios sabe qué. a veces nuestra barca hecha de mentira chocaba con pequeños icebergs hechos de verdad. esas verdades cuya totalidad intuíamos infinita y honda, verdades que nunca se veían enteras pero que ya dolían considerablemente, lo suficiente como para desgarrar por un momento las páginas de ficción que nos portaba y nos unía; esas verdades aparecieron ya como cuerpos innegables cuando leí su diario. en venganza, fui a ella y le dije toda mi verdad, se la lancé a la cara con rabia. discutimos, debatimos, callamos, discutimos, le solté una bofetada como hacía su papá con su mamá postiza, me echaron de casa y ya nunca la volví a ver con una sonrisa en la cara. ni en la suya ni en la mía.
poco después, desesperado, con el orgullo digerido, casi viviendo en la calle, me pregunté si todo lo que le dije era verdad, si todo lo que le dije era toda la verdad, o si no fue más bien sólo un fragmento de la realidad, un trozo con forma de puñal, la selección necesaria para dañar. también recordé como ella se aferraba a nuestra barca, gritando que aquel diario no era sino ficción, cosas que ella inventaba basándose en la realidad, contando cosas que había hecho sólo en su imaginación y que nunca podría hacer y que en realidad nunca querría hacer y que las expulsaba en forma de literatura. pero a mi eso no me parecía literatura, me parecía un diario. quizá me equivoqué.
así que fui a intentar recuperarla, le dije que todo lo que dije sólo fue con intención de herirla, que la verdad es que la amaba con locura. pero ella vio a alguien que venía en el momento equivocado, a decir verdades amputadas y mentiras descaradas para recuperar un techo digno, para tener una familia aunque fuera postiza. y quizá tenía razón.
así que debatimos, recordamos, discutimos…, y cerró la puerta.